Poemas

I

Aún sacude al cuerpo
el eco marcial de las campanas
y aquella manía de ensayar
contra el pecho abierto
un estandarte de letras mudas
por la cuesta de empinados otoños

y eso de erguirse a deshoras
como torre vigía
en medio del páramo torvo y gris
para que antes nada
para que después nadie
hasta dejar una Babel creciendo hacia adentro
y memorias como laberintos de espigas
alrededor.
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No sé qué reparte

No sé qué reparte. Hay tanta gente agolpada a su alrededor. Son cientos de brazos estirados y manos abiertas. Es evidente que, ante tanto desborde, tuvieron que tomarse precauciones. La tarima se eleva cada vez que alguien intenta treparla. De tal manera, el que reparte queda a salvo de la excitación general. Pero es tan grande la avidez, que él también se ve obligado a mover sin descanso las manos. Reparte y reparte. Mientras otros llegan, los satisfechos se van. Sus rostros están plenos. No sé qué llevan en sus manos vacías.

Cuando veo a alguien caminando por la calle

Cuando veo a alguien caminando por la calle, en apariencia sereno, despreocupado, y de pronto, sin querer, me mira fugazmente, se sorprende de mi mirada, y hace todo lo posible por evitarme, entonces comprendo que está huyendo. Y hago todo lo posible por seguirlo, por alcanzarlo, por preguntarle por qué, de quién y hace cuánto tiempo está huyendo; pero lo pierdo de vista, y noto con resignación que mis pies ya no me responden.

Don Justo

Aquel día los recuerdos atropellaron el alma de don Justo. El lento regreso en colectivo por la enroscada Cuesta del Guanaco le permitió apreciar el desastre en toda su extensión.
Y maldijo la peste que marchitó los olivos, las vides, los nogales, las higueras, los plantíos de ajíes… Y maldijo el soplo del diablo que volvió raquítico al guanaco, la cabra y la vicuña. Y maldijo el aliento espantoso que dañó la salud de las comunidades del Valle de Abra Vieja.

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Sin memoria

“Ella se desnuda en el paraíso
de su memoria”
Alejandra Pizarnik

Del libro Arbol de Diana 1962

El río se desliza sin memoria. Tampoco tiene memoria la orilla. Se rozan; pero no son amantes, ni siquiera amigos.
De a poco, el río muerde la costa y se la lleva. La va desnudando; le quita su firmeza, la anega y las raíces emergen como súplicas. Enmarañadas cabelleras que se niegan a morir, sarmientos como venas recorriendo las profundidades; troncos que se inclinan presagiando la muerte.
Y un pequeño hilo rojo que va y viene, como la vida, como la jornada, que no ofrece resistencia, que flota o se hunde unos instantes sin miedos ni agonías.

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Domingo gris

El automóvil de alquiler se desplaza por la autopista hacia Puerto Madero. El río es una línea amarronada que se funde en el horizonte. Marta mira sin ver el paisaje, inmersa en sus recuerdos.
—Me voy —ha dicho terminante, mostrando el pasaje del Buquebus. —Quiero ver a Rafaela. Hace muchos años que no sé nada de ella ¡Pasamos momentos tan felices en nuestra infancia…! —comenta entrecerrando los ojos.
La familia la mira sorprendida, a pesar de que está acostumbrada a las excentricidades de la mujer.

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Cuatro elementos

Cuando ya no pueda aferrarme al tronco de los sauces
y las corrientes del río me lleven en su seno…
Cuando la madre tierra no pueda evitar
que el aire me cobije como alondra…
Cuando arda en llamas
crepitando en el fuego…

…con toda la energía
de los cuatro elementos,
saldré a seguir tus huellas,
a anudarme en tu mano,
a vivir en tus versos.