Las manos de Adela

Adela con cara de almanaque, fiel reflejo del cansancio que como un inquilino ha habitado su alma sin intención de abandonarla. Una espalda torcida hecha con los mismos trapos que friegan y refriegan los pisos, y manos tan reales que se parecen a sus gestos, piernas, humanidad y con ellas lava, plancha, cocina y las manos de Adela esto y las manos de Adela lo otro y Adela que ya no está. Y la casa de cristal que necesita constantes cuidados, o al menos es lo que cree, y nunca unas manos tan laboriosas tan parecidas a la cocina, a los platos sucios, a las camas sin hacer, a las habitaciones desordenadas. A veces oye el viejo rechinar de la puerta cancel, que anuncia la llegada de sus hijos y los pasos lejanos fuera y dentro de la casa, y aquellas voces que avisan con cierta premonición que a mamá hay que dejarla en paz, no hay que molestarla. Y es ahí cuando las manos gritan, corren, oyen en una alegoría del silencio, palpan ausencias, reivindican la nada y vuelven a sus cadencias de almanaque y su forma implacable de fagocitar el tiempo, los días, la casa miserable.

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Cuchillos

Abren cajones tus manos gastadas. Solo encuentran maderas ahuecadas. Solo coladores de piedra ya escombrados, erosionados. Ayer destiladores de ese Sol que te bañaba con todos sus grifos abiertos.
Una vez más solo encuentras cuchillos. Desperdigados por la mesada.

Por la ventana pequeña y maltrecha te espío entre los filos. Como un silencioso inquilino me filtro por las hendijas. Sutil moldeo todas tus formas. Agua garabateando en arena.

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