Un suceso doméstico

Por aquellos años yo lamentaba no poder estar más tiempo con Leandra. Ella era dulce, cariñosa, y muy hogareña. Durante los largos viajes que me veía obligado a hacer por las provincias, la extrañaba con frecuencia. Si bien disfrutaba de mi trabajo (los viajes siempre fueron mi pasión y me daban una cultura cosmopolita que ansiaba tener), hubiese querido que me acompañara mi mujer. Pero Leandra era muy diferente. Las artesanías le acaparaban casi todo el día. Se pasaba horas y horas en el comedor pintando, serruchando o puliendo. A veces bajaba al sótano a buscar materiales para sus obras. Allí también acumulábamos ladrillos y cemento, porque en esos tiempos planeábamos tener familia, y en ese caso, iba a ser necesario agrandar la quinta. Esas pilas de ladrillos eran un anticipo de nuestro futuro, pero por el momento estaban ahí, como al acecho, esperando ser usadas.

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En la casa de Laura

Una mañana Laura me llevó a su casa. Me dio comida, y un rol determinado: anular su soledad. Una soledad que, me di cuenta, había ido creciendo con los años, desanimándola primero, y perturbándola después. Al estar con ella fui comprendiendo que los sentimientos son así, engañosos, traicioneros; que Laura había deseado la soledad, y ésta había ido fortaleciéndose subrepticiamente, hasta dominarla. Las cosas se tornan buenas o malas, sin que nos demos cuenta. Al menos, eso le pasó a ella.

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