Todo un caballero

El ómnibus dejó la carretera bordeada por campos polvorientos, abrasados por un sol implacable, y comenzó a deslizarse entre jardines salpicados de flores y blanquísimas casas de estilo mediterráneo.

A lo lejos, en algunas playas semidesiertas, se desperezaban los rayos del sol de la tarde de septiembre y algunos turistas rezagados. El mar brillaba como un espejo de jade. Habían llegado a los “Jardines de Naxos” al pie de Taormina.

Atrás quedaban Palermo, sus palacios y sus catedrales; las catacumbas de los capuchinos; Messina con su campanario de figuras móviles y su famoso estrecho que la une o la separa de la Italia continental; Cefalú y su duomo, enjoyado con mosaicos bizantinos. Y más atrás aún, el aeropuerto de Ezeiza y aquella galería interminable de rostros asombrados que se habían acercado para ver, con sus propios ojos, cómo ella, la tía Elena, que nunca había salido de la Argentina, viajaba en un tour a Sicilia.

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