Nunca antes

Las cortinas de la habitación dibujaban olas de aire alimentadas por una suave brisa. El golpe seco de la puerta al cerrarse la sobresaltó. Giró sobre su cuerpo: él había abandonado la cama. Se incorporó, como quien se sienta para leer un libro antes de dormir, pero no serían tiempos de lecturas románticas, ni tampoco de noticias con el diario de siempre. Un torbellino de pensamientos y sensaciones le impedía pensar con claridad. Sin embargo recordaba cada grito de él como recién gritado. Sus palabras, sus frases, sus razones le sacudieron la cabeza en un eco infinito que estalló en llanto. Sufrió entonces lo que se siente cuando duele el alma.
Rodrigo es de las personas que se esconden. Que cuando deben explicar, se sumergen en los mares del silencio. Que prefieren no afrontar, dejar atrás, que sea el tiempo el que cure o cambie el estado de las cosas. Marisol, en cambio, es de mirar con ojos grandes y serios. Su mirada, tan dulce como la miel, se pone firme como un granadero. Sus ojos te buscan, te enfrentan, te piden porqués y motivos. No intimidan, pero acorralan. “Hablar es la única forma de entenderse”, repite en cada ocasión en que Rodrigo deja una discusión por la mitad en alguna cena, para encender la televisión o para pedir la cuenta sin dejar lugar a postre o café.
Pero esta vez no sería como siempre. Esta vez no se escaparía. Lo enfrentaría como nunca: que volviese sobre sus palabras o que las ratificase una vez más. No dejaría en esta oportunidad que el tiempo dilatara lo acontecido. Así, decidida como una leona que protege a sus crías, se vistió y salió a buscarlo raudamente.

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