El recitador

“Ciego es quien sólo ve el significante;
torpe, el que cree en el significado”.
Ahmed Ibn Falad. Basora, 736DC.

Cuentan que en el siglo XV, a un retirado pueblo extremeño llegó un cristiano nuevo -rabí en su juventud dicen algunos, otros afirman que en sus venas corría sangre mora- quien de alguna forma había heredado un libro muy antiguo: hay quien habla de una versión herética de la Torah, en la que estaban todas las palabras del universo, cada cual con su origen y su significado. Y que el rabí, si tal era, ocupaba largas horas en el recitado de aquel libro, en la creencia de que cuando lo supiera todo, conocería a Dios.

No hay cosa mas engañosa digo yo, que un diccionario. En él aparecen todas las cosas, pero no está ninguna. De alguna forma, es como un espejo de palabras.

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El fiero

Por encima de la cordillera —por encima de las dos o tres nubes que le hacen de sombrero— se asoma una luna pálida, de costado, como no queriendo ver, y queriéndolo. A veces pasa: uno tiene que ver aunque no quiera. De alguna forma, un Dios malo nos fuerza a mirar, y aunque uno diga que no, ni caso.
Abajo los hombres se mueven, siempre están moviéndose, como si quedarse quietos importara un peligro, como si los fuera a alcanzar la muerte, que se supone está atrás, aunque para este, que viene enfundado en la noche, iluminando la huella con ojos de cancerbero, para este, decía, la muerte está adelante. Ahí nomás, esperándolo, en ese fogón con baile, allá abajo, con formas de emboscada y perfume de mujer. Y él la ve, pero de alguna forma se niega a creer, o tal vez crea, pero lo que lleva atrás es peor.

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Yo, argentino

Yo no quería molestar a nadie. Yo laburaba de sol a sol para levantar al país, pagaba los impuestos para evitar el déficit, y con lo que me quedaba de abonar los servicios, trataba de vivir lo mas decentemente posible. Porque pobre no quiere decir sucio, como los europeos, o deshumanizado, como los yankees. No para mí, señor. Yo escuchaba folclore y compraba argentino. Cuando podía, porque a veces estaba corto de fondos y tenía que comprar barato.

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El hijo de la loba

El niño trabaja de crío, lo que a falta de más grande empleo, o inspiración, es lo que mejor le cabe hacer. Sentado sobre una inmensa piedra blanca que algún día lo sostendrá estatua, mama de la madre el alimento olvidado en los apuros de la salida, que han sido tantos y tan dolorosos, que hasta se ha dejado atrás el pan que traía acomodado bajo el brazo y la fe de nacimiento, con lo que ahora ha de conformarse con este pan trocado en leche, y esta loba que le fuera asignada, extraño regalo de la naturaleza, que tal vez por ser también madre, se apiadó de estas crías de humano.

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