Don Justo

Aquel día los recuerdos atropellaron el alma de don Justo. El lento regreso en colectivo por la enroscada Cuesta del Guanaco le permitió apreciar el desastre en toda su extensión.
Y maldijo la peste que marchitó los olivos, las vides, los nogales, las higueras, los plantíos de ajíes… Y maldijo el soplo del diablo que volvió raquítico al guanaco, la cabra y la vicuña. Y maldijo el aliento espantoso que dañó la salud de las comunidades del Valle de Abra Vieja.

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Sin memoria

“Ella se desnuda en el paraíso
de su memoria”
Alejandra Pizarnik

Del libro Arbol de Diana 1962

El río se desliza sin memoria. Tampoco tiene memoria la orilla. Se rozan; pero no son amantes, ni siquiera amigos.
De a poco, el río muerde la costa y se la lleva. La va desnudando; le quita su firmeza, la anega y las raíces emergen como súplicas. Enmarañadas cabelleras que se niegan a morir, sarmientos como venas recorriendo las profundidades; troncos que se inclinan presagiando la muerte.
Y un pequeño hilo rojo que va y viene, como la vida, como la jornada, que no ofrece resistencia, que flota o se hunde unos instantes sin miedos ni agonías.

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Domingo gris

El automóvil de alquiler se desplaza por la autopista hacia Puerto Madero. El río es una línea amarronada que se funde en el horizonte. Marta mira sin ver el paisaje, inmersa en sus recuerdos.
—Me voy —ha dicho terminante, mostrando el pasaje del Buquebus. —Quiero ver a Rafaela. Hace muchos años que no sé nada de ella ¡Pasamos momentos tan felices en nuestra infancia…! —comenta entrecerrando los ojos.
La familia la mira sorprendida, a pesar de que está acostumbrada a las excentricidades de la mujer.

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Las manos de Adela

Adela con cara de almanaque, fiel reflejo del cansancio que como un inquilino ha habitado su alma sin intención de abandonarla. Una espalda torcida hecha con los mismos trapos que friegan y refriegan los pisos, y manos tan reales que se parecen a sus gestos, piernas, humanidad y con ellas lava, plancha, cocina y las manos de Adela esto y las manos de Adela lo otro y Adela que ya no está. Y la casa de cristal que necesita constantes cuidados, o al menos es lo que cree, y nunca unas manos tan laboriosas tan parecidas a la cocina, a los platos sucios, a las camas sin hacer, a las habitaciones desordenadas. A veces oye el viejo rechinar de la puerta cancel, que anuncia la llegada de sus hijos y los pasos lejanos fuera y dentro de la casa, y aquellas voces que avisan con cierta premonición que a mamá hay que dejarla en paz, no hay que molestarla. Y es ahí cuando las manos gritan, corren, oyen en una alegoría del silencio, palpan ausencias, reivindican la nada y vuelven a sus cadencias de almanaque y su forma implacable de fagocitar el tiempo, los días, la casa miserable.

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Cuchillos

Abren cajones tus manos gastadas. Solo encuentran maderas ahuecadas. Solo coladores de piedra ya escombrados, erosionados. Ayer destiladores de ese Sol que te bañaba con todos sus grifos abiertos.
Una vez más solo encuentras cuchillos. Desperdigados por la mesada.

Por la ventana pequeña y maltrecha te espío entre los filos. Como un silencioso inquilino me filtro por las hendijas. Sutil moldeo todas tus formas. Agua garabateando en arena.

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Todo un caballero

El ómnibus dejó la carretera bordeada por campos polvorientos, abrasados por un sol implacable, y comenzó a deslizarse entre jardines salpicados de flores y blanquísimas casas de estilo mediterráneo.

A lo lejos, en algunas playas semidesiertas, se desperezaban los rayos del sol de la tarde de septiembre y algunos turistas rezagados. El mar brillaba como un espejo de jade. Habían llegado a los “Jardines de Naxos” al pie de Taormina.

Atrás quedaban Palermo, sus palacios y sus catedrales; las catacumbas de los capuchinos; Messina con su campanario de figuras móviles y su famoso estrecho que la une o la separa de la Italia continental; Cefalú y su duomo, enjoyado con mosaicos bizantinos. Y más atrás aún, el aeropuerto de Ezeiza y aquella galería interminable de rostros asombrados que se habían acercado para ver, con sus propios ojos, cómo ella, la tía Elena, que nunca había salido de la Argentina, viajaba en un tour a Sicilia.

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Mi cómplice favorito

Cuando el sol se desliza suavemente en el horizonte y la noche desciende sobre las copas de los árboles…, en ese momento, yo me hago tu cómplice.

El viento canta en tu ventana y las manecillas del reloj señalan este nuestro encuentro.

En la intimidad de tu cuarto a media luz, veo transparentarse tu cuerpo debajo de una tela suave y delicada; tu corazón late, mi bella.

Tus cabellos dorados dibujan tus pequeños hombros, dándote una apariencia casi celestial.

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Cerca del mar

En este punto del Atlántico, el mar es de color turquesa, y sus aguas, aun en la orilla, son frías y profundas. La salida del sol atrae a Juan, que se levanta muy temprano. Toma su equipo de fotografía, comienza a disparar y expe-rimenta el mismo encanto de la primera vez que lo vio despabilarse en el horizonte en toda su magnitud.

Juan es un hombre de 56 años, de cabellos entrecanos; tiene una mirada de horizontes y de mares recorridos. Es alto, erguido, de torso fuerte; su piel es de un tono entre dorado y marrón. Toma todo el sol, cuando corre dia-riamente varios kilómetros para mantenerse en forma.

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El adoquín

El adoquín de la calle, la noche, la sombra que sigue en la pared, acurrucada ella, acurrucada segura.

El pleno centro de la ciudad de Rosario, una noche de sábado. Calles de cine, películas, paseo.

Ella abrazaba, como el que abraza a un tronco grande, lleno de vida y seguridad.

Ella, abrazada a ese hombre tan fuerte, de traje gris, camisa blanca, corbata, sobretodo negro, sombrero haciendo juego, y aquellos zapatos negros brillantes.

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