Mi cómplice favorito

Cuando el sol se desliza suavemente en el horizonte y la noche desciende sobre las copas de los árboles…, en ese momento, yo me hago tu cómplice.

El viento canta en tu ventana y las manecillas del reloj señalan este nuestro encuentro.

En la intimidad de tu cuarto a media luz, veo transparentarse tu cuerpo debajo de una tela suave y delicada; tu corazón late, mi bella.

Tus cabellos dorados dibujan tus pequeños hombros, dándote una apariencia casi celestial.

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Cerca del mar

En este punto del Atlántico, el mar es de color turquesa, y sus aguas, aun en la orilla, son frías y profundas. La salida del sol atrae a Juan, que se levanta muy temprano. Toma su equipo de fotografía, comienza a disparar y expe-rimenta el mismo encanto de la primera vez que lo vio despabilarse en el horizonte en toda su magnitud.

Juan es un hombre de 56 años, de cabellos entrecanos; tiene una mirada de horizontes y de mares recorridos. Es alto, erguido, de torso fuerte; su piel es de un tono entre dorado y marrón. Toma todo el sol, cuando corre dia-riamente varios kilómetros para mantenerse en forma.

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El adoquín

El adoquín de la calle, la noche, la sombra que sigue en la pared, acurrucada ella, acurrucada segura.

El pleno centro de la ciudad de Rosario, una noche de sábado. Calles de cine, películas, paseo.

Ella abrazaba, como el que abraza a un tronco grande, lleno de vida y seguridad.

Ella, abrazada a ese hombre tan fuerte, de traje gris, camisa blanca, corbata, sobretodo negro, sombrero haciendo juego, y aquellos zapatos negros brillantes.

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Mi cómplice favorito

Cuando el sol se desliza suavemente en el horizonte y la noche desciende sobre las copas de los árboles, en ese momento, yo me hago tu cómplice.

El viento canta en tu ventana y las manecillas del reloj señalan este nuestro encuentro.

En la intimidad de tu cuarto a media luz, veo transparentarse tu cuerpo debajo de una tela suave y delicada; tu corazón late, mi bella.

Tus cabellos dorados dibujan tus pequeños hombros, dándote una apariencia casi celestial.

El perfume de tu cuerpo recién bañado hace que mis sentidos enmudezcan en el sentir de mi espacio.

Me place verte caminar por la habitación, soñando con el momento de llegar hasta donde me encuentro.

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La Portada

Recuerdos, sueños lejanos, llantos, ansia de haberte conocido.

Una distancia de agua salada, de olas, de continentes lejanos.

Un país llamado Italia.

Distancia, dolor, fantasía de una imagen, sensación de una caricia jamás dada y tan añorada…

Te amo, y nunca fuiste visible a mis ojos, ni escuché tu voz, ni sentí el calor de tu bondad.

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Las palabras escondidas

Las palabras se empujan en el papel, tratando de ganar su espacio. Vestidas de gala, ocultan su esencia de mendigas. Omiten la historia real y, fantasmales, caen en los renglones, marchitas por la falta de luz.

El autor se resiste a continuar, posa su lapicera en el papel, como el guerrero que suelta su espada antes de comenzar la batalla.
Aturdido y desesperado por la miseria que lo acosa, en un acto de heroísmo levanta la pluma y la clava en el papel, como el torero dando la estocada final.

Entonces, en derrame de sangre azul, las palabras se acomodan, toman fuerza y se hacen honestas. ¡Ah, pero cuánto duele…!

Al final, el autor ya no siente miedo. Sabe que con el cambio perderá algunas cosas, pero ganará las importantes. Desde ese momento será realmente un escritor y no un ensuciapapeles.

Madre

En las sombras del camino, las palabras tienen un aroma a nostalgia.

La presencia de lo ido rasga la carne y el alma.

El olvido, cuando llega, alivia, como una brisa fresca en verano.

Pero es apenas un instante. Luego se desvanece, como un oasis ilusorio en el desierto.

Entonces, de nuevo el dolor, la pena, la falta y la resignación nunca acomodada, confirman una emoción vacía de palabras.

Y busco la rosa y miro al colibrí, y escucho en ellos la melodía del amor que llena la ausencia. Me descubro diciendo lo que decías, pensando lo que pensabas, riendo por lo que reías, y entonces estás aquí y en el abrazo de tu amor siempre presente, y en el ejemplo de tu vida, que es mi Biblia, te amo y no hacen falta más palabras.

 

El vacío

Dónde se ocultó el olvido, que me dejó en la densa oscuridad de la noche.

Dónde se escondió el valor, que dejó mi alma indefensa en espera de una esperanza.

En la marea del tiempo, mi espíritu trata de sobrevivir como un pequeño velero azotado por la tempestad.

Palabras, palabras y más palabras no llenan el vacío provocado por la decepción.

Sonidos vanos para ocultar la herida, que aún sigue sangrando.

Quizás algún día las palabras sirvan de algo.

Hasta entonces, prefiero el silencio a la mentira, el huracán al desierto, la decepción a la ignorancia.

Así todo es claro en su oscuridad y calmo en su tormenta.

La sombra

Hay un silencio de tu voz. Un ámbito frío de emociones.

La ausencia toma cuerpo y hace sombra en las frágiles paredes del sollozo, donde el llanto se oculta tras la suave protección de los párpados.

En la retina hay una imagen que ya no se asoma.

La galería quedó a oscuras. Entonces, reinó el dolor.

Ausencia

Hay un silencio de tu voz. Un ámbito frío de emociones. La ausencia toma cuerpo y hace sombra en las frágiles paredes del sollozo, donde el llanto se oculta tras la suave protección de los párpados.

En la retina hay una imagen que ya no se asoma. La galería quedó a oscuras.

Entonces, reinó el dolor.