Preludios

tiembla sobre la página en blanco
arroja sal a los ojos del asesino
y es un mundo blanco y sin ti.
Alejandra Pizarnik

La casa mira hacia el mar, es blanca y con un gran balcón que se desnuda frente al horizonte. Ahí, Diana absorbe silencios, arena, partículas de un sol que se desintegra. Vislumbra guerras oceánicas y amores de un tiempo sin terminar. Sus codos se apoyan en la baranda, la palma de la mano en el mentón y los dedos extendidos abiertos hacia las mejillas. Por detrás, desde la soledad, suenan los acordes de “Mujer Dura” y en su retina aún subsisten las letras de un poema. Ve el mar y sus recuerdos, mientras una suave brisa de fines de verano la acaricia; se recoge el pelo haciéndose un rodete, después lo deja caer, y de nuevo, los codos en la baranda, la palma de la mano debajo del mentón y los dedos, largos, finos e impetuosos, abiertos hacia la cara.

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El hijo

No irá a buscarlo. No quiere ser como aquella luz de agosto, ni desandar caminos.
Secuencia.
Eslabón.
Apoya sus manos sobre el vientre. Después, esa misma mano que sube y baja, acariciando.
Una copa de cristal. Cierta redondez del mundo. Matices de cualquier estrella, aguas de un río.
Mira el tiempo. Sonríe. Recuerda.
Estoy embarazada. ¿Qué? Eso. ¿Y estás insinuando que es mío? No te lo estoy insinuando, te lo estoy diciendo. Mirá, nena, no te hagas la pelotuda.

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Todos los vientos (Novela. Capítulo 11)

Al tiempo que vuelven a la ruta, el diluvio que creían eterno termina por desaparecer: primero mutando en una llovizna suave, casi imperceptible; después hacia casi nada, tan sólo a algo que ya pertenece al recuerdo, al brillo del agua que reluce en el pavimento, a nubes que corren inertes y vacías, empujadas por un viento suave del sur.
Él tiene ganas de conocer la historia de Lucía, pero no se la pide. Sabe que ese momento llegará. Le intriga cuál es ese pasado que la obligó a caminar territorios desconocidos, de dónde salió tanta fuerza para poder escupir a los oídos de su padre aquello de “hasta nunca”. “Hasta nunca”, había dicho ella, con tanto peso sobre cada palabra, que Carlos pudo ver algo más que eso, como si cada una estuviese ahí mismo, hecha cuerpo. Después el recorrido de la memoria yendo a la voz de Julia, al silencio de Julia: ¿Qué otra cosa podía esperar, sino silencio? ¿Creía, acaso, que ella iba a decirle cosas como “Ignacio se recuperó” o a preguntarle cuándo volvería? Y si lo hubiese preguntado, no duda de cuál hubiese sido su respuesta: “Voy a vivir al Sur. Voy a morir al Sur”. Más absurdos, un cúmulo interminable de absurdos que se caen a pedazos.
Él mira la noche.

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Los Basurales de José León Suárez

A Rodolfo Walsh, por su vida a favor de la vida.

Es de madrugada, me pregunto si serán las cuatro o las cinco. Todos duermen. Tengo los ojos abiertos.

Mi hermana está en otra cama, igual la escucho respirar. Tres pasos más allá, duermen mis padres. Yo ocupo el centro de la pieza, que es toda nuestra casa.

El reloj martilla cada segundo. Las chapas crujen. Mis viejos van a levantarse, él para ir a la fábrica (inclusive hoy que es domingo), ella para prepararle el mate.

Suena el despertador. Alguno de los dos lo apaga. Se levantan. Él prende una luz. Hablan en murmullos. Yo hago que duermo.

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Otro camino

Y la primera imagen que ve al despertarse es el anverso. Ve a Magdalena cuando está obligada a ver a María, ve la espada del César cuando debería haber visto a Dios. Finalmente, el día que tanto ha esperado está delante de ella, o el que creyó que esperaba desde hacía tanto tiempo y con el que fue obligada a soñar mil veces, como el más cálido y posible de todos. Sin em-bargo, presume que nada es lo que debería ser; la realidad pareciera estar dada vuelta desde el mismo instante en que despertó, porque ella, que abría sus ojos siempre al amanecer, hoy lo hizo cuando todavía es medianoche, una medianoche que vislumbra nueva, distinta, exacta, como si estuviese inmersa en una primavera azul y cíclica. Se pregunta si no será acaso una prueba extra, la confirmación última y suprema de ese camino por el que ha viajado aun a su pesar, un camino sembrado de espinas y en el que no se debe comer del fruto prohibido, donde el deber es resistirse a las tentacio-nes en un desierto blanco e infinito. Siente algo distinto, que el sendero a transitar es otro, tan sólo eso.

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El Camino y la Catedral

El camino no es el que era. Es este, es otro. Lleva a un lugar que está ahí, como el mundo: paredes a punto de caer, puertas sin palabras, ventanas de tierra y polvo, y allá, bien arriba, el techo: de lágrimas, de nubes, de estrellas. En la Catedral, o en lo que quedó, tengo un asunto pendiente; quiero decir, tenía.
Ya lo he dicho, el camino no es el que era. Hoy es una línea dibujada en el mapa, una cicatriz salpicada de muerte. Conjunto de soledades. Árboles que han dejado de crecer, de existir. A tamaña desolación se le ha unido el silencio que lastima. Apenitas si se escucha el crujir del pastizal quemándose y el rocío en las noches de invierno. Como si buscase almas en pena, como si también fuera a morir de hambre, el viento gira desesperado.
La memoria me juega irreverente. ¿Cómo terminó o cómo empezó esta historia? Las imágenes son caóticas y las palabras esquivas. A mí, estando fuera, me venía la voz y los recuerdos, aunque dentro de la Catedral la cosa era distinta: es que ahí la lengua se me secaba y la cabeza se me ponía oscura, casi negra. Una tarde se me abalanzó una imagen de ríos cayendo. Levanté la vista, y no, ni siquiera una lluvia, sólo distinguí colores: nubes blancas que colgaban de un cielo azul; soles amarillos y una tierra roja, muy roja. Pensé o recordé un lago, y lo busqué con desesperación y otra vez nada. Ni un rastrito de lago, ni de ríos, ni de gente.

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