Poemas

I

Aún sacude al cuerpo
el eco marcial de las campanas
y aquella manía de ensayar
contra el pecho abierto
un estandarte de letras mudas
por la cuesta de empinados otoños

y eso de erguirse a deshoras
como torre vigía
en medio del páramo torvo y gris
para que antes nada
para que después nadie
hasta dejar una Babel creciendo hacia adentro
y memorias como laberintos de espigas
alrededor.
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Mascarón de proa

Errante
de espumas temporales bruñida hasta las grietas
hasta el hueso mordida de sal
la quilla de sus senos cortando la neblina
navega
de proa al atardecer
bajo un cielo de antiguos pensamientos.

Truenan las hondas cavernas del mar.
Así es el viaje
de un continente perdido
a otro inalcanzable.

No sé qué reparte

No sé qué reparte. Hay tanta gente agolpada a su alrededor. Son cientos de brazos estirados y manos abiertas. Es evidente que, ante tanto desborde, tuvieron que tomarse precauciones. La tarima se eleva cada vez que alguien intenta treparla. De tal manera, el que reparte queda a salvo de la excitación general. Pero es tan grande la avidez, que él también se ve obligado a mover sin descanso las manos. Reparte y reparte. Mientras otros llegan, los satisfechos se van. Sus rostros están plenos. No sé qué llevan en sus manos vacías.

Cuando veo a alguien caminando por la calle

Cuando veo a alguien caminando por la calle, en apariencia sereno, despreocupado, y de pronto, sin querer, me mira fugazmente, se sorprende de mi mirada, y hace todo lo posible por evitarme, entonces comprendo que está huyendo. Y hago todo lo posible por seguirlo, por alcanzarlo, por preguntarle por qué, de quién y hace cuánto tiempo está huyendo; pero lo pierdo de vista, y noto con resignación que mis pies ya no me responden.

Cuatro elementos

Cuando ya no pueda aferrarme al tronco de los sauces
y las corrientes del río me lleven en su seno…
Cuando la madre tierra no pueda evitar
que el aire me cobije como alondra…
Cuando arda en llamas
crepitando en el fuego…

…con toda la energía
de los cuatro elementos,
saldré a seguir tus huellas,
a anudarme en tu mano,
a vivir en tus versos.

Cae la arena del reloj

Cae la arena del reloj
recortando horas,
desmigajando los minutos…
Cae la tarde
sembrando de estrellas el cielo
-mientras los rayos del sol naciente te acarician-.
Amanezco
-mientras la noche te cubre-
y el espejo me devuelve
mis fantasmas,
los mil rostros de mi máscara perfecta.

Caen mis párpados
para soñarte despierta
entre horas fugitivas.

Poemas

 

I

Aunque nos bañemos en el mismo río
y la sangre de tu herida y de la mía
se mezclen en la misma agua

aunque seamos arrastrados por la misma corriente
y caigamos al vacío por la misma cascada

jamás podremos morir
la misma muerte.

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