Volviendo a Casa

Conducía la moto con pericia por el congestionado y nervioso tránsito de la ciudad. Con aceleradas cortas y suaves toques de freno avanzaba zigzagueando entre la interminable fila de vehículos,
La prisa era la normal en alguien que deseaba llegar luego de la jornada de trabajo que ponía fin a una semana complicada. Había finalizado su servicio y regresaba a la base de operaciones para tomar una ducha, cambiarse y volver a casa para empezar a gozar del muy ansiado franco de fin de semana.
La luz roja del semáforo le hizo detener la marcha por enésima vez. Durante la impaciente espera, el parlante de la radio emitió la alarma con el mismo tono impersonal y sin matices de siempre: Intento de robo y tiroteo con toma de rehenes. El aviso le cayó como agua helada. Era algo habitual en estos tiempos, pero este pedido de auxilio se refería a un lugar muy cercano, tan sólo a diez cuadras de allí. Pensó que, casi con seguridad, llegaría antes que nadie.

La luz del semáforo pasó a verde. Puso el guiño y giró a la izquierda para salir de ese lío por la primera calle transversal. Como había rehenes de por medio, decidió no conectar la sirena; se abriría paso a bocinazos y destellos de luces y balizas.
En menos de tres minutos llegó al cruce de las calles señaladas en el alerta. Había gente en la esquina. Algunos se asomaban con mucha cautela mirando lo que ocurría en mitad de cuadra. Parecían estar jugando a las escondidas. Detuvo la moto y se bajó. Sin pedirlo, obtuvo rápidamente un informe de situación por parte de los curiosos.
-El que está tirado contra el paragolpes del auto es compañero suyo. Estaba comprando en la droguería, quiso intervenir y empezaron a los tiros. Yo justo entraba y me tiré de cabeza al suelo.
Otro de los presentes tomó la posta.
-Los chorros eran dos. El policía de civil hirió a uno, el tipo corrió para la esquina y quedó tirado allá a la vuelta. El otro se escudó en un pibe que le arrebató a esa señora y bajó de un tiro al poli. Después se metió con el chico en el edificio de al lado.
La señora rogaba con desesperación:
-¡Se llevó a mi nieto! ¡Sálvelo, por favor…!
-Quédese tranquila, señora, todo saldrá bien.
Poniendo en juego un raro sentido logrado en las calles, eligió de entre la gente al que le pareció más decidido y le pidió, casi como una orden:
-Sáquenla de aquí.
Dicho esto, desenfundó la pistola y corrió a gachas hasta llegar junto a su desconocido camarada.
-¿Cómo estás?- dijo, al tiempo que le desabrochaba la camisa para ver mejor el sangrante agujero a la altura de la clavícula derecha. -Tenés la bala adentro, pero de esta no te vas a morir. Tomá, te dejo el handy; pedíte ambulancia y refuerzos. ¿Está solo el que se llevó al pibe?
-Sí, es un pendejo, y parece dado vuelta. Tiene un treinta y ocho; me tiró dos tiros…, creo que ninguno más. Se metió en el edificio viejo; pero no vayas, esperá ayuda.
-No te preocupes, voy a ver, nada más.
Desde donde estaba estudió el frente, igual a tantos otros del Abasto: eran cuatro pisos. Oficinas o conventillo, pensó. Alguien cruzó la calle y le aportó datos fundamentales:
-Soy el encargado del edificio. -se presentó. – Todos los pisos son de oficinas, pero hay poco movimiento de gente. La mayoría están cerradas, así que el fulano debe estar en la terraza.
Desde las cuatro esquinas, los curiosos vieron con asombro cómo la estilizada figura de azul, con el casco de motociclista todavía puesto, se deslizaba sin dudar al interior del edificio.
Sigilosamente fue subiendo la escalera hasta el último piso. Encontró el viejo ascensor con las puertas abiertas, como mudo testigo del escape. Con suma precaución y el cañón del arma por delante, comenzó a abrir la puerta que daba a la terraza. No vio a nadie; pensó que tal vez había saltado a otro edificio, dejando al chico. «¡Ojalá!», rogó.
Empujó la puerta y de un salto se parapetó detrás de un tanque de agua en desuso. La mala noticia le llegó por la espalda desde un cuartucho de mala muerte.
-¡Soltá el fierro!
Giró lentamente. Desde la calle, el sonido de las sirenas anunciaba la llegada de los patrulleros. En minutos nada más, contaría con ayuda. Sólo debía ganar tiempo.
Un flaquito de ojos enrojecidos le apuntaba detrás de la criatura.
-Dejá ir al pibe, no la embarrés más. – le dijo, apuntándole a su vez.
-¡Soltá el fierro, mierda, o lo quemo!- le replicó, poniendo el caño del treinta y ocho en la cabeza del chico.
-Mirá, no…
-¡Qué, no oíste!… ¡Lo quemo, carajo, lo quemo…!
No pensó más, o pensó en la vida del pibe…
-Está bien, está bien- y se agachó para dejar el arma en el suelo.
El dedo presionó el gatillo respondiendo a la orden de neuronas dañadas.
El disparo le dio en el cuello. Quedó de espaldas. La sangre, saliendo a borbotones por la carótida, le mojaba el cuidado cabello recogido dentro del casco. Los finos dedos de la mano, asomando por el medio guante, palparon el torrente tibio, imparable, que se llevaría en unos instantes los veinticuatro años que había demorado en enfrentarse a su destino.
No disponía de tiempo para balances. Sólo pensó en qué había hecho de malo o de bueno en el momento crucial. Y no se arrepintió de nada.
Después de todo, ella era madre, también.