Yo, argentino

Yo no quería molestar a nadie. Yo laburaba de sol a sol para levantar al país, pagaba los impuestos para evitar el déficit, y con lo que me quedaba de abonar los servicios, trataba de vivir lo mas decentemente posible. Porque pobre no quiere decir sucio, como los europeos, o deshumanizado, como los yankees. No para mí, señor. Yo escuchaba folclore y compraba argentino. Cuando podía, porque a veces estaba corto de fondos y tenía que comprar barato.

Yo vivía lo mejor que se podía en momentos de crisis. Esta, que se instaló en mi país antes de que yo naciera, y que en su momento supe que iba a durar más de lo que yo viviría, ya que cuando los problemas realmente comenzaron, decidí quitarme la vida. Al fin de cuentas, no somos nada.

Para esas épocas, yo estaba casado. Y tenía dos hijos, uno adentro y la otra afuera. Al que todavía está adentro, lo agarraron tratando de vender unos autoestéreos robados. Él me dijo que se los habían regalado unos amigos de la escuela, y yo le creí, pero la policía no. Lo molieron a palos y luego lo metieron en cana. Y a mí me pasaron la cuenta del hospital. De esto hace ya casi dos años.

«En cualquier momento comienza el juicio», me dijo la madre la última vez que la vi, cuando fuimos a despedir a Ezeiza a María Dolores, mi hija menor, que se iba con el segundo marido a iniciar en Holanda su nueva carrera de modelo.

Espero que le haya ido bien, ya que nunca más escribió, ni llamo por teléfono, ni nada. Así son los chicos. Yo, la verdad es que nunca la vi en ninguno de los desfiles de modelos que pasan en el canal de la moda, pero puede ser que me la haya perdido, porque desde que nos cortaron el cable y nos engachamos con el vecino, de la instalación de la vieja de la esquina, no se veía bien, había mucho ruido en la línea o algo así. Una vez me vi una película entera sin darme cuenta de que el protagonista era De Niro, y eso que es mi actor favorito de Hollywood.

A pesar de todo, vivía bastante contento, y no podía ser de otra forma. En este país tan rico, con todos los paisajes, con el dulce de leche, con el fulbo de los domingos, las achuras y el vacío a la parrilla. ¡Qué más se puede pedir! ¡Como se come en este país, no se come en ningún lado!

La mala onda llegó cuando nos bajaron el sueldo en la Municipalidad. Yo hable con el de tesorería y le dije que con esa plata no me alcanzaba para vivir, pero lo único que pude sacarle fue un «Hablá con el Intendente».

Y eso ya era otra cosa. Estuve quince días solamente para conseguir una entrevista; y eso que tenía la oficina en el piso de arriba. Afortunadamente, un compañero, que además de trabajar conmigo en la oficina de catastro, hacía unas changuitas de gestor, me avisó que comprara un sellado de entrevista personal, que se vende sólo los jueves de 10 a 12 en el Banco Provincia de ahí a la vuelta. Si no, seguro que estaba una semana más dando vueltas.

Eso sí, cuando llegué a verlo, me atendió como los dioses, como si me conociera de siempre. Se ve que uno no se da cuenta, pero él mira a todos los empleados. Yo calculo que debía de ser con esas camaritas que instalaron el verano anterior. Decían que habían costado fortunas, pero seguramente serían los detractores del doctor Fermín Pacheco, que siempre están acusándolo de fraude y corrupción.

Cuando llegué, me hizo sentar y le pidió a la secretaria que me trajera un café a mí también. ¡Ja! ¡Nada menos que la nariz parada de la secretaria del intendente, sirviéndome café a mí! ¡Me tendrían que haber visto!

Con el doctor, estuvimos charlando del futuro promisorio de estas tierras, sin duda un decreto de Dios, y de como la administración anterior casi había estropeado todo, dilapidando la plata. Y ahora había que ajustarse el cinturón. Yo creo que él se refería al gobierno nacional, porque él para esas épocas ya había ganado la quinta reelección.

En resumen, el sueldo me lo bajaron igual, ¡pero me tomé un café!

Desgraciadamente, mi esposa no estaba allí, y cuando volví a casa con la noticia de que no me habían repuesto el sueldo, se puso como loca. A las mujeres les pasa: las hormonas y esas cosas. Pero me vengué. Cuando estaba por dar el portazo para irse a vivir con su amigota Matilde, la solterona que tiene el semipiso en Palermo, le canté desde la reposerita del patio, donde me estaba tomando el vermucito de la tarde:

«Si te llevas la cama, chuchi
dejame el colchón»

Y se lo tomó a pecho la desgraciada, porque al otro día cuando volví del laburo, tenía el colchón en el piso. Y no era lo único que se había llevado. Se llevó también el lavarropas, la tele, el microondas y el equipo de audio. Lo del equipo no me molesto, porque yo leo mucho, sobre todo a Sábato y García Márquez, pero lo del lavarropas fue un lío. Digan que justo don Florencio, el ferretero de la otra cuadra, tenía unas tablas de lavar en oferta, porque estaba vendiendo todo para bajar la persiana.

La verdad es que lo de Cecilia, mi jermu, me dejó medio depre. Así que el domingo siguiente, para llorarla bien, me fui al super a comprarme una botella de Whisky y emborracharme a lo malevo; pero estaba carísimo, así que me compré dos tetras de vino blanco baratito y una gaseosa de lima limón, esas de marca pichicho, que, para lo que yo la quería, servía igual.

¡El lunes tenía una resaca!

Sospecho que eso fue peor, porque ese día, cuando llegué tarde a la municipalidad, el ortiva que tomaba lista me dijo que había perdido el premio por presentismo, con lo cual otra parte de mi sueldo se había ido por el escusado.

Ese no fue un buen día. Después de andar toda la tarde buscando el expediente de habilitación del casino, que pedían urgente de la oficina del intendente, y que para mí nunca existió, cuando llegué a casa me habían cortado la luz, porque al parecer mi mujer había estado metiendo bajo el colchón la plata de los servicios, con idea de irse de casa. Pude adivinarlo, pero no confirmarlo con ella, ya que cuando la quise llamar, me di cuenta de que tampoco había pagado el teléfono. Una señora muy amable se la pasaba informándome que el servicio había sido suspendido. No hubo forma de apalabrarla.

Abandonado por mi mujer, sin luz y sin teléfono, me encontré además con que ni siquiera podía conseguirme una vela, ya que todos los negocios en mi barrio cierran en cuanto cae el sol, por los atracos. Esa noche, en la negrura de mis pensamientos, que eran aún más oscuros que mi pieza, las neuronas subversivas de mi cabeza se alzaron en pie de guerra, y a la voz de «¡Ma fangulo!» comenzaron a aporrearme en malón y con todas las ganas. Como pude, llegue hasta la cocina y me comí un puré de aspirinas y agua de la canilla, que guardábamos, desde el ultimo recorte de gastos, en viejas botellas de gaseosa no retornables, acomodaditas en la puerta de la heladera.

Así fue como, una semana después de mi charla con el Intendente, empecé a maquinar con quitarme la vida.

Desgraciadamente, las cosas no son tan sencillas como parece. Uno siempre piensa: «qué fácil que la hizo este tipo, se mató y listo» pero la verdad es que matarse en este país es mas complicado de lo que parece.

Mi primer intento fue con pastillas. Me pareció que lo más fácil era tragarme un frasco entero de calmantes o algo por el estilo, y tirarme a dormir. Para ello fui a verlo a «Charly», el pibe que atiende en la farmacia de las cinco esquinas, a un par de cuadras de casa.

Él me dijo que calmantes, lo que se dice calmantes, no me podía dar, porque estaba prohibido venderlos sin receta. Pero tenía unas cajas de muestra que habían quedado y por «unos pocos pesos» me las podía vender sin hacer preguntas. Acepté, aunque los pocos pesos terminaron siendo un buen porcentaje de los que quedaban de mi sueldo. Compre una botella de esas de ferné con cola que vendía el bailantero del quiosco de la esquina y me fui a las casas.

Un par de horas después, me había tragado las dos cajas con más de la mitad de la botella. Y dormí como un tronco.

Al otro dia me desperté como a las once de la mañana con más resaca que la del vino blanco, y una revuelta de palacio en el estómago, digna de «La Toma de la Pastilla». Resulta que las píldoras estaban vencidas, con lo cual en vez de matarme a mí, me mataron el hígado. Como pude, llegué hasta el baño, y con el amargo sabor de la frustración, dejé en el inodoro todos los ingresos que había invertido en mi suicidio. Ese día di parte de enfermo, y no mentí.

Viendo el fracaso de mi primer intento, me senté a pensar en el sillón del living, mientras escuchaba en el walkman que afortunadamente mi mujer no había podido encontrar para llevarse, como Dean Martin cantaba «That’s Amoire».

En ese momento, la musa, que debía estar tan arruinada como yo, me insinúo un nuevo rumbo, y decidí optar por un modo más cinematográfico de morir.

Debo decir que este segundo fallido intento, al menos no me costó plata. Imposible obtener un revólver para volarme la cabeza, cuando los papeles que necesitaba para adquirirlo en una casa legal podían tardar hasta un mes, según el empleado, y lo que me pedía Juancito, un ex amigo de mi hijo, que casualmente había salido de la cárcel en esos días, superaba ampliamente lo que quedaba de mis ingresos. La idea era muy cinematográfica, pero también demasiado cara para un pobre.

Al otro día, cuando volvía de la oficina, a la que opté por ir hasta que se me ocurriera una forma más barata de matarme, o cobrara el siguiente sueldo, pasé por la iglesia evangélica que pusieron en el viejo cine de la calle principal. Adentro no se podía hablar con nadie. Los que no cantaban como posesos, estaban tan alegres esperando que Dios bajara en un platillo volador y se los llevara al cielo sin cobrarles entrada, que no tenían tiempo de escuchar a un desubicado como yo, que pretendía matarse. Con el único que intercambie un par de palabras lógicas fue con el gigante de la puerta, que cuidaba que nadie se fuera sin dejar su diezmo. Me dio las gracias, y cambio, para poder dejarle algunos pesos. Parte, en billetes de un dólar: el problema de vivir en un barrio de la ex clase media.

Emocionado como estaba en el descubrimiento espiritual de mi problema, me fui hasta la iglesia católica que está frente a la plaza, donde, luego de tratar en vano de hablar con el cura que estaba confesando, se me informó que a partir de las 21 horas podía hablar con el cura párroco, que daba entrevistas a algunas almas en duda, como seguramente era la mía.

Me senté en un sillón de la casa parroquial, a leer en una revista «Esquiu» la ultima moda en trajes para obispos, y un análisis pormenorizado de las copas de oro que utiliza el papa para dar la misa los domingos.

El lugar parecía la sala de espera de un médico, no sólo por los muebles, sino porque estaba llena de todo tipo de personajes extraños, con dolores más extraños aún. Y en realidad, el padre no hizo mucho más de lo que hace un médico de guardia cuando uno llega a media noche con un dolor «por acá». En este caso, el cura aplicó la aspirina religiosa de mandarme a rezarle al Señor unos cuantos «Padrenuestros», cosa que no hice, ya que desde que tengo seis años me conozco el texto de memoria, y sabía que en él no había nada que me ayudara en mi dilema.

Angustiado, al fin llegué a mi casa sin nuevas ideas, pero con un principio de gastritis que las pastillas habían generado y el problema agudizaba dolorosamente.

Al otro día, nuevamente camino a la oficina, se me ocurrió como por encanto, suicidarme tirándome debajo del tren. Intención que duró poco, ya que había paro de transportes.

Luego de atravesar un par de cuadras inundadas de piqueteros, cortadores de calle y demás especialistas en manifestaciones, llegué vivo y a pie a las oficinas de la Intendencia, donde lo más cercano a mis propósitos era el intento de asesinarme de tedio de los cientos de personas que todos los días llegan reclamando por balcones inseguros, ventiluces en contravención, habilitaciones para quioscos y bajas de negocios, que terminarán a los pocos días transformándose en viviendas para ocupas bolivianos, paraguayos o coreanos. Ese día estuve tentado de suicidarme comprando el mate cocido que vendía el viejo que todos los días pasa por la oficina arrastrando su mugroso carrito. Pero no pude: uno tiene su orgullo.

Así fue como, poco a poco, fui desistiendo de todas las formas de suicidios conocidas. Imposible atravesar la portería de ningún edificio para tirarse desde la terraza, cuando son poco menos que búnkers a la espera de ladrones. ¿Cómo hacer para estrellarse con un auto que no arranca? Las espadas que cuelgan de las paredes de mi casa no tienen filo, y el juego de cuchillos italianos de filo excepcional que nos habían regalado para el casamiento, se los llevó mi mujer. Imagínense el trabajo que podría dar cortarse las venas con esos cuchillos de serrucho con mango de plástico. Algunas noches tuve la impresión de que alguien se divertía leyendo mi historia, y no quería darme siquiera el respiro de permitirme terminarla.

¿Alguna vez trataron de llamar a la ayuda al suicida desde un teléfono publico que tiene el cable arrancado, o las teclas no andan? ¿Cómo hace uno para suicidarse dejando el gas abierto, si te lo cortaron?

A los del gobierno no les gustan los suicidas. Son menos votos.

Tan vacío de esperanzas como una pileta olímpica en el Sahara, cometí suicidio al estilo argentino. Una noche estrellada asesiné mis sueños y mis ilusiones en el vino tinto de una peña folclórica de última categoría.

Tampoco tendría suerte. Resulta que la peña estaba organizada por el partido contrario al que gobernaba la comuna. La reunión no era más que la excusa para buscar los futuros oradores de la nada, que algún día se convertirían en políticos. A ellos, les fascinó mi convicción de que no había nada que se pudiera hacer.

Con mi apatía, gané adeptos. Con algunas desilusiones más, seguidores. Para cuando estuve realmente convencido de que vivía en un mundo imposible de cambiar, era gobernador. Ahora, senador.

Yo sé que hay muchos por ahí que piensan que soy corrupto, que no hago nada, que no tengo iniciativa, que ni siquiera lo intento. Algunos incluso, en un ataque de osadía, me lo han dicho. Pero siempre les contesto lo mismo:

– Yo, argentino.