El fiero

Por encima de la cordillera —por encima de las dos o tres nubes que le hacen de sombrero— se asoma una luna pálida, de costado, como no queriendo ver, y queriéndolo. A veces pasa: uno tiene que ver aunque no quiera. De alguna forma, un Dios malo nos fuerza a mirar, y aunque uno diga que no, ni caso.
Abajo los hombres se mueven, siempre están moviéndose, como si quedarse quietos importara un peligro, como si los fuera a alcanzar la muerte, que se supone está atrás, aunque para este, que viene enfundado en la noche, iluminando la huella con ojos de cancerbero, para este, decía, la muerte está adelante. Ahí nomás, esperándolo, en ese fogón con baile, allá abajo, con formas de emboscada y perfume de mujer. Y él la ve, pero de alguna forma se niega a creer, o tal vez crea, pero lo que lleva atrás es peor.

Una chispa salta del fuego. Incandescente, pionera, se lanza a un mundo frío y húmedo mas allá de la luz. Arrastra con ella el intento fallido de todas las otras chispas que han muerto sobre el agua, sobre la tierra, el metal o la ropa: asesinadas por una mano que aplasta, por un gotón despiadado, o por el solo consumirse sin llegar a nada. Las hay que han alcanzado a dar batalla, alguna que impacta en la hierba seca, o el heno, paja al fin, en el papel o en la misma ropa descuidada. Y entonces crece y se devora el mundo, y ya no es chispa sino fuego, e incendio, y después no hay quien la pare.
El ojo sigue el haz de luz, la piel siente un calor lejano, absurdo, y la boca sentencia con una mueca: Acá la única chispa soy yo.
La mano aplasta el uniforme y la chispa trata de herirla por un segundo, antes de caer en un sueño apagado.
Un hombre por un futuro, Capitán, dijo el Coronel; y el rango le había caído bien. Como guante a decir verdad, mejor que el nombre que le puso la madre cuando lo echó del vientre, mejor que el bastardo con que lo azotaba ese padre que ni lo era. Ni chispa ni mestizo: Capitán. Buenos días, Capitán. Cómo anda, Capitán. Por aquí, mi Capitán. Un hombre por un Capitán, no hay que pensarlo dos veces. Tome los hombres que necesite, Capitán, Capitán, Capitán, que sean muchos, y me lo trae. Muerto, de ser posible ¡Muerto, mi Coronel! Esta chispa quiere paja.

Todo el aire de la cordillera no le alcanza para respirar. El ahogo la desgarra. La vida se le escapa entre los dientes y ella muerde la bombilla. Tráigase una cañita mejor, pa’ calentar el cuerpo. Obedece, pero la impotencia se le crispa en la punta de los dedos y la torpeza la delata. Se estorba con la pollera y los pies -estos pies- los que él acarició, los que él besó la noche antes de irse, los que no se animaron a seguirle la huella, ya no saben si van o si vienen. Será la culpa, piensa. Una mano en la espalda, suave y áspera, es un recuerdo que la sacude, un escalofrío. Las del Capitán, en cambio, son fuegos. Viene escapando como puede, con sonrisas, con silencios, pero no va a poder toda la noche. Tiene como una chispa adentro, y seguro, también una brasa entre las piernas, dispuesta a herrar el ganado.

La caña gira vertiginosa alrededor del fogón, pero allá arriba, allá, el viento helado despierta. El es conciente. Acaba de descubrir lo que ni doctores ni bachilleres sospechan: la muerte está adelante, y cuanto más se le huye, más se acerca. Los que vienen atrás son los que debo, ellos me van arriando. Una sonrisa de desprecio le cruza la cara, fugaz, y luego vuelve a la mirada de viento. Abajo voy a morir, arriba estoy muerto en vida. Todo hombre nace muerto.

Con el ruido de la llegada se agitan los corazones, cada uno a su ritmo: Hoy muero. Hoy se me muere el amor. Hoy alcanzo la paja. De esta noche, no paso. Yo me muero con él. Ya estoy ahí. Mejor muerto que solo. Mejor muertos los dos. Capitán, Capitán, Capitán.

Los gritos soñados se confunden con los del vigía. El futuro se atropella en el presente. Es ahora. Ya no quedan ni mañanas ni después. La vida entera es este instante. ¿Quién puede negarse a un instante? Son más de treinta, pero me tienen miedo.

Mientras va levantando el fusil, el fuego dibuja lenguas rojas en el caño. El mundo se hace túnel entre el guión y la mira. El arma tiembla en las manos. ¿Adónde esta el Fiero? Entre las sombras, los fusiles olfatean nerviosos. Busca el foco. El ojo se pega al metal. No ve ni escucha otra cosa que un caballo negro. Sube por el pecho del animal: unas botas, un poncho, un sombrero. Se asusta con el latido de su propio corazón. El hombro tantea la culata. Contiene el aliento. Se le cruza un griterío, pero el ojo se emperra en la presa. El dedo acaricia el gatillo y un fogonazo lo ciega. El mundo se sacude como temblando del miedo. El tiempo se frena en seco, y allá adelante, del otro lado del camino de plomo, los pliegues de un vestido.

—¿Qué pasó, Capitán?
—La china se nos cruzó para atajarle los tiros. Yo lo ayude a subirla al caballo y se perdieron en la noche.
—¿Los dejó ir?
—Los maté mi Coronel, hasta ahí me llegó el odio. La muerte en cambio, es privada…