El recitador

«Ciego es quien sólo ve el significante;
torpe, el que cree en el significado».
Ahmed Ibn Falad. Basora, 736DC.

Cuentan que en el siglo XV, a un retirado pueblo extremeño llegó un cristiano nuevo -rabí en su juventud dicen algunos, otros afirman que en sus venas corría sangre mora- quien de alguna forma había heredado un libro muy antiguo: hay quien habla de una versión herética de la Torah, en la que estaban todas las palabras del universo, cada cual con su origen y su significado. Y que el rabí, si tal era, ocupaba largas horas en el recitado de aquel libro, en la creencia de que cuando lo supiera todo, conocería a Dios.

No hay cosa mas engañosa digo yo, que un diccionario. En él aparecen todas las cosas, pero no está ninguna. De alguna forma, es como un espejo de palabras.

Se dice que el rabí, una mañana, a la hora en que el sol hace bocetos naranjas sobre la tierra, comenzó a recitar por última vez el libro. Dos días con sus noches ocupo en ello. A la mañana del tercer día, con la última palabra, se volvió loco. Porque, al enunciarlas, cada cosa se le trocaba en signo. Y como loco corría, de aquí para allá, buscando lo perdido, desesperado por hallar lo que tenía adelante.
En tierra lusitana, no tan lejos de allí, afirman que quien más lee menos ve, y quien más aprende, menos sabe; habiendo el que ha quedado ciego por leerlo todo, o loco, tratando de entenderlo.
El buen rabí murió de sed a los dos días, junto al río; muy temprano aparece «agua» entre los coleccionistas de palabras.