Domingo gris

El automóvil de alquiler se desplaza por la autopista hacia Puerto Madero. El río es una línea amarronada que se funde en el horizonte. Marta mira sin ver el paisaje, inmersa en sus recuerdos.
—Me voy —ha dicho terminante, mostrando el pasaje del Buquebus. —Quiero ver a Rafaela. Hace muchos años que no sé nada de ella ¡Pasamos momentos tan felices en nuestra infancia…! —comenta entrecerrando los ojos.
La familia la mira sorprendida, a pesar de que está acostumbrada a las excentricidades de la mujer.

Como una necesidad irrefrenable ha decidido viajar a Montevideo, y es así, que en esa mañana del viernes, desciende de un remis en el puerto. No quiso que Leonardo la acompañara. Tampoco le anunció a su amiga la visita.
Con la valija en la mano sube por la planchada. Las escaleras la llevan hasta la cubierta, desierta a esa hora temprana. Un aire frío que viene del este le enrojece la cara, pero, a pesar de él, decide permanecer en el lugar. Apoyada en la baranda contempla a una Buenos Aires que se aleja despacio, displicente, envuelta en la bruma del amanecer, mientras una estela de espuma persigue a la nave que entra en ese “Mar Dulce”. La osadía de algunas aves que revolotean en torno a ella, la aparta por unos instantes de sus reflexiones, y las ve partir después, en repentino vuelo hacia la orilla.
Marta está contenta; ha recobrado la emoción de la adolescencia, aunque un inasible recelo vela ese sentimiento. Recuerda las conversaciones a escondidas encerradas en el baño, los sueños, los proyectos, los temores…
En medio de ese río oscuro, la nave sigue su curso, como la vida, siempre adelante, sin demoras, sin retornos, hasta que la sirena anuncia la proximidad de la otra tierra. Y aparecen de la nada, las chimeneas de los cargueros anclados en el malecón, con sus sentinas abiertas, bocas famélicas en la espera.
— ¿Algo para declarar? —
Impulsada por ese gentío que desciende, se encuentra de pronto en la aduana.
—No, nada…
—Su documento, por favor…
Extiende la mano y entrega su Libreta Cívica al oficial de la Prefectura, que lo revisa detenidamente.
—Un poco ajado… — dice el hombre.
—Por los años… —responde ella, y de repente piensa ¿nosotras también…?
—La valija…
Impaciente, abre el equipaje. La ropa que ha puesto a presión se desparrama sobre el banco. “¿Por qué no te dejas de joder y la teminás”? piensa
Con una sonrisa forzada guarda como puede las prendas, y sale apresurada de la Aduana, antes de que algún otro decida demorarla.
La avenida principal de Montevideo la recibe con un sol que despilfarra luz sobre los árboles. El taxi recorre las arterias adentrándose en los arrabales.
—Voy al barrio de Agraciada —dice Marta— a la calle Gregorio Más…
El automóvil se detiene frente al número trescientos dieciséis. Desciende y paga la cuenta. Toca el timbre. La emoción se le anuda en la garganta. Espera. Nadie sale a abrirle. ¿Habrá viajado en vano?
Desde el interior le llegan rumores; luego una llave, sorprendiendo la cerradura; después la puerta abierta apenas, y una voz… ¿Si?, y un rostro que se asoma, y los ojos desmesuradamente abiertos, y la exclamación que se detiene en la boca y al final el abrazo prolongado, las lágrimas y el “estás igual” pronunciado al mismo tiempo, a pesar de los kilos, el cabello recorrido por hilos de plata, las arrugas que intentan disimular con el maquillaje.
No hay necesidad de palabras. En los movimientos de Rafaela, Marta ve una vida que se extingue y descubre ese inasible recelo. Ese será para las dos el último encuentro.