Sin memoria

“Ella se desnuda en el paraíso
de su memoria”
Alejandra Pizarnik

Del libro Arbol de Diana 1962

El río se desliza sin memoria. Tampoco tiene memoria la orilla. Se rozan; pero no son amantes, ni siquiera amigos.
De a poco, el río muerde la costa y se la lleva. La va desnudando; le quita su firmeza, la anega y las raíces emergen como súplicas. Enmarañadas cabelleras que se niegan a morir, sarmientos como venas recorriendo las profundidades; troncos que se inclinan presagiando la muerte.
Y un pequeño hilo rojo que va y viene, como la vida, como la jornada, que no ofrece resistencia, que flota o se hunde unos instantes sin miedos ni agonías.

El río no guarda memoria de su obra. Se desliza entre los meandros, escuchando sólo el llamado de los vientos sin detenerse en ningún sitio.
Inés sí, tiene memoria. Contempla ese río que la acuna; hunde su mirada en el agua oscura y adivina el fondo, cada rama sumergida, cada piedra, el serpenteo de los peces esquivando el anzuelo, la complicidad de los juncos.
Porque ella es como el río, es su silencio, la apacible deriva de las aguas. Lo mira y recuerda el día en que su Pedro llegó.
El Paraná Guazú lo había empujado hacia donde duermen su cansancio las barcazas, con la Marisabel cargada de troncos, y supo que era su hombre. De ahí, a acollararse fue sólo un momento. Y la pasión guarecida por las totoras del estero; las noches en el muelle, y los silencios, esos silencios profundos como la maciega…
Inés sí, tiene memoria. Recuerda la mañana en que Pedro subió a la lancha y la saludó con la mano en alto, como siempre, pero sin mirarla a los ojos. Y se alejó, sin volverse… mientras ella sujetaba entre las suyas la incipiente gravidez. ¿Cuánto lo esperó? No lo sabe.
Sentada en el muelle, con los dedos entrelazados sobre el regazo, lo aguarda, mientras su mirada se llena de amaneceres.
—Ya va a volver —le dicen algunos
—El hombre no valía la pena…—agregan otros— Usted es joven y linda, puede pretender más…
Pero Inés no quiere otro, quiere a su Pedro curtido por las sudestadas. Quiere sus manos rudas, caminándola; la boca avara hurgando en los secretos de su cuerpo. Quiere los ojos indómitos; sus remansos y corrientes; sus vendavales y brisas…
Inés ha visto mudar los árboles, semillar la araucaria, florecer la luna detrás de las casuarinas y renacer el sol, iluminando la niebla que sube desde el río, en tanto ese pequeño hilo rojo se abandona en la indolencia de las aguas, marcando las horas que mueren.

El río no tiene memoria de las crecientes. Sólo escucha el rugido del viento y se entrega a él; invade cada rincón y arrastra con su furia lo que encuentra en el camino.
Inés sí, tiene memoria. Una memoria que la consume, como se consumen los leños en la salamandra; que la vacía por dentro y la convierte en cenizas. Sus ojos ya no brillan; su rostro es un espejismo; Inés quiere ser el río para ir en su busca…
—¡Inés, a la casa! —le gritan desde la orilla de enfrente.
Inés no escucha. Las aguas la cubren despacio, sin prisa, mientras sus manos siguen entrelazadas ¿en un rezo…?

Desde la espesura el sonido de una radio trae una canción. Maná canta “estaba en el muelle esperando, sola, sola en el olvido…”