Don Justo

Aquel día los recuerdos atropellaron el alma de don Justo. El lento regreso en colectivo por la enroscada Cuesta del Guanaco le permitió apreciar el desastre en toda su extensión.
Y maldijo la peste que marchitó los olivos, las vides, los nogales, las higueras, los plantíos de ajíes… Y maldijo el soplo del diablo que volvió raquítico al guanaco, la cabra y la vicuña. Y maldijo el aliento espantoso que dañó la salud de las comunidades del Valle de Abra Vieja.

Atardecía cuando llegó a la Terminal de Rincón del Molle. Cruzó la plaza y entró al boliche del turco Elías.
—Buenas, don Elías.
—¡Qué tal, don Justo! ¿Cómo le fue? —el hombre frunció el ceño—. ¿Se siente bien? Lo veo algo pálido.
—Tengo como un malestar, algo que me da vueltas y no sale. Será por los saltos que pegó la catanga. Sírvame una copita, y seguro que se me pasa.
Apoyó el sombrero en la mesa blanqueada de tanta rasqueta y lavandina y se sentó en la silla de juncos.
No había parroquianos, sólo él y el turco.
El canal local repetía la nota hecha el día anterior en “Telenoche”. El vocero del emprendimiento “Yacimientos Mineros Aguas del Yokavil” se refería a la explotación a cielo abierto de la mina “La alumbrada”:
—Nuestra empresa, en el marco de su política ambiental, lleva a cabo varios programas que aseguran un trabajo ambientalmente responsable y sustentable. Así, las principales atenciones del emprendimiento tienen que ver con la gestión de aguas superficiales y subterráneas al sur del dique de colas en la cuenca del río Amanao, el tratamiento final de las escombreras de estériles, la gestión de agua fresca para alimentación del proceso y la gestión de efluentes en la planta de filtros.
—¡Hijos de mil putas! —bramó el turco. Apagó el televisor y se despachó—:¿Y qué me dice de los medios, don Justo? ¿Por qué no vienen con las cámaras acá? ¿Por qué no vienen a hablar con la gente? Nooo, cada tanto arman una notita con nuestra protesta y listo. ¿Sabe qué, don Justo? A nadie le importa lo que nos pasa. Acá no hay secuestros ni violaciones ni un loco que se pare en una esquina a tirarle tiros a todo el mundo. ¿Quién se enteró que los puestos de trabajo prometidos terminaron en el hospital y en el cementerio? Acá, don Justo, acá solamen…
—Ya lo sé, don Elías, ya lo sé —interrumpió el viejo—. Solamente hay enfermedad y muerte. No se me altere. Venga, traiga la caja con las fotos y tómese una cañita conmigo.
—Vea, don Justo: a mí la calentura se me pasa enseguida, no quiero que ahora se ponga mal usted.
—Pierda cuidado, amigo. Vaya, vaya y traiga la caja y la botella.
El bolichero desapareció por un cortinado detrás del mostrador y volvió con una caja de cartón. De la estantería tomó una botella, dos copitas, y fue a sentarse frente a don Justo.
Entre caña y caña fueron pasándose fotos y recortes de diarios, todo referido al Atlético Belén, equipo de fútbol del que el turco era fanático.
“El Belén hace historia”, se leía en una portada. “Se consagró por primera vez campeón de la Liga Catamarqueña”. “El conjunto minero en la gloria con un cabezazo de Mario Reartes sobre la hora”, proclamaba más abajo.
Toda la alegría y el festejo del valle se fueron apilando en un costado de la mesa, foto sobre foto y hoja sobre hoja.
—Bueno, don Justo —dijo el turco al rato—, ya vimos y tomamos bastante. Basta —y amagó con meter todo en la caja.
Don Justo le ganó de mano y sacó dos o tres recortes que quedaban en el fondo.
—Don Justo, por favor…
—Dejemé, amigo, y tomemos la última.
“Insospechada enfermedad de Mario Reartes frustra el pase al club rosarino”. “El defensor del Belén no pasó el examen médico para su incorporación al conjunto centralista”. “Oscuro panorama en la carrera deportiva del popular Marito Reartes: es probable que no pueda seguir jugando al fútbol”.
Las páginas, alineadas y lapidarias, dejaron en suspenso el entendimiento de don Justo. Se las quedó mirando largamente, hasta que por fin puso de nuevo los pies en la tierra. El color le había vuelto a la cara rugosa como piel de tortuga, y se lo notaba más serio que de costumbre. Empinó la copita de caña y le habló al turco:
—Don Elías, ¿puede llamar a su señora? Tengo que pedirle un favor.
—¿Qué necesita, don Justo? ¿Puedo ayudarlo yo?
—No, no. Tiene que ser su señora.
El bolichero atravesó el cortinado y volvió con su esposa.
Ella y don Justo conversaron, hasta que la mujer explotó.
—¿Se enloqueció, don Justo Ángel Benigno Reartes? ¿Qué es eso de pirquiñar en los socavones? ¡Cómo se le ocurre! Usted ya no está para esos trotes. ¿Se puede saber qué pretende?
El viejo aguantó la andanada de reproches sin mosquear.
—Mire, doña Zully, quiero ver si con tanta voladura afloró alguna vetita dorada. Si la suerte me ayuda, espero sacar como para que a mi nieto lo traten en Buenos Aires.
—Pero, don Justo, ¿y si se cae o se descompone? ¿O si se pierde?
—Zulemita, me puede pasar cualquier cosa tanto allá como acá, pero…
—… perderse no —terció el turco—. No hubo ni habrá baqueano como él. Siempre me acuerdo cómo quedaba asombrado aquel geólogo francés cuando don Justo lo guiaba por el entramado de pasadizos y chimeneas volcánicas.
—Por favor, doña Zully —insistió don Justo—. Esto es muy importante para mí. Y se lo pido a usted porque mi nuera no puede venir. Con la fiesta de la Virgen se esperan muchos turistas en San Fernando, y el patrón le pidió que le atienda el puesto de regionales.
—Está bien. Cuente conmigo, yo se lo cuido al chico. Pero me parece una locura lo que quiere hacer. ¿Y cuándo piensa ir?
—El sábado, bien tempranito. La voy a molestar antes que aclare.
—Lo espero, don Justo.
—Gracias, Zulemita. Ahora me voy a casa.
El viejo le dio de comer a su nieto y lo acostó. Luego se dispuso a preparar lo que necesitaba.
Hacía mucho que no abría la tapa del arcón. El par de botines de fútbol y la camiseta verde con el número 2 ahí guardados significaban el fin de una ilusión: la de que Marianito siguiera algún día los pasos del padre que no conoció. Pero no pudo: la naturaleza no fue benigna con él. Y esto, últimamente, era bastante común en esos pagos.
Se puso a revisar las herramientas. A la linterna del casco sólo había que ponerle pilas nuevas. Hasta los borceguíes de seguridad, que guardara con la precaución de rellenarlos con bollos de papel, mantenían la forma. Hurgueteó entre otros cachivaches hasta que tanteó el morral de lona encerada y, sobre todo, el contenido. Lo principal ya estaba; ahora, a preparar el resto. Fueron a parar a las alforjas algún cacharro para cocinar, algo de charque, un par de salamines, queso duro, galletas, yerba y hojitas de coca para el acullico. Después se echó a dormir.
Con el primer clareo se levantó, le puso un abrigo al chico y lo llevó a la casa del turco. Antes que llamara, el canto del gallo y el ladrido del perro despertaron a doña Zulema, que corrió a abrirles la puerta.
—Se lo dejo, Zulemita. Mire que está medio dormido y no le di desayuno.
—Eso déjelo por mi cuenta, don Justo. No se preocupe, cuídese usted, por Dios.

Don Justo, una mula de silla, una de tiro y el Pachín trotando al costado, componían el cuarteto que tomó el camino de ascenso al cerro. Extraño grupo, en estos tiempos. Algunas décadas atrás era común ver subir a los lugareños para probar fortuna en los socavones de la mina abandonada. Ahora los métodos eran otros. “La oscurecida”, como llamaban las gentes del valle a la mina “La alumbrada”, hacía voladuras a cielo abierto que iban reduciendo poco a poco la altura de los cerros. Toda esa inmensa cantidad de material se acumulaba en el dique de colas y era sometida a la aplicación de productos químicos y lavada por un desvío del río Amanao, que luego discurría valle abajo por el milenario cauce.
Al mediodía, don Justo ya tenía vistos los relieves principales de la ladera opuesta. A esa altura, la distancia entre una y otra era muchísimo menor que abajo, al pie del valle, pero el viejo necesitaba detalles precisos. Necesitaba ver el recorrido de gargantas y cañadones que daban contra el dique de colas y el desvío hecho en el cauce de las aguas.
Eligió una saliente con un montecito de talas para hacer alto. Alivió de carga a los mulares para que ramonearan a gusto y se acomodó sobre una piedra plana a observarlo todo con un antiguo largavistas, obsequio de aquel geólogo francés.
Luego de un minucioso relevamiento y una comida ligera, siguieron marchando cerro arriba
A media tarde, la comitiva flanqueó el alambrado que marcaba el límite de las instalaciones de la mina. Ese sábado, víspera de la celebración religiosa más importante de la provincia, no había actividad, pero el asueto no alcanzaba al personal de vigilancia. Uno de ellos vio pasar a don Justo a la distancia y salió de la oficina de control a saludarlo con el brazo en alto, extrañado, seguramente, de que alguien pasara rumbo a la cumbre, y nada menos que en esa fecha.
El camino mejorado llegaba hasta la mina. De ahí en más era apenas una huella en el pedregal. Las dificultades se acrecentaron, pero don Justo conservaba la baquía de otros tiempos y llegó al lugar elegido para acampar antes que oscureciese.

El día de la Virgen amaneció de gloria, sin una nube. El viejo calculó que a eso de las once no quedaría nadie en los pequeños poblados y caseríos que se hilvanaban a lo largo de la ladera sur, desde la naciente del Amanao hasta las cercanías de San Fernando.
Sin apuro, don Justo se calzó el equipo como antaño y se adentró en la bocamina seguido por el ovejero, que le ladraba a la oscuridad. El haz de luz que se proyectaba desde su cabeza y recorría las paredes de roca, lo conectaba con un pasado duro de labores, pero feliz. Y no era momento de andar tironeando recuerdos, así que se concentró en su trabajo.
Las manos encontraron y recorrieron grietas hasta los cruces con otras. Con tiza marcó algunos de estos puntos después de varias horas de ir y venir por los túneles, y finalmente se puso a trabajar con la piqueta en tres que eligió. El geólogo francés lo había dicho tiempo atrás: “es una maravilla ver a monsieur Reartés distinguir las grietas verdaderamente profundas de las que sólo lo parecen. Y es un simple paisano, no un geólogo”.

Cerca del mediodía, un estruendo sacudió el valle. El desmoronamiento de unos riscos se llevó hacia abajo al dique de colas. Veinte minutos más tarde, el alud provocado por otra explosión borró el desvío artificial hecho por la mina y encauzó las limpias aguas del Amanao por donde nunca debieron dejar de correr.
Sólo cinco minutos después se oyó una tercera explosión, menos intensa. Los dos vigiladores de guardia, que habían salido al descampado sin atinar a nada ante tamaño desastre, vieron la avalancha que se les venía encima y corrieron. Vaya si corrieron, para ponerse a salvo.
Entremezclados con toneladas de rocas en una nube de polvo, los restos de las instalaciones rodaron por el barranco hasta que en un recodo se zambulleron en el impetuoso y renovado Amanao.
Era una lástima que a semejante espectáculo lo vieran tan pocos espectadores. Ni don Justo, ubicado en el mejor palco, podía creer que tal obra maestra pusiera las cosas en su lugar. Qué placer ver al río llevarse como juguetes de plástico vagonetas, contenedores, la camioneta que el gerente gringo usaba para sus recorridas y los descomunales camiones rusos de ruedas más grandes que un hombre.

Era un viernes cualquiera. Con mucha anticipación la gente hablaba sobre la próxima fiesta en veneración de la Virgen del Valle. Ésta debía ser la mejor: los motivos sobraban.
Quedaba una hora de luz diurna, y el local del turco rebosaba. Como huyendo del diablo, una camioneta entró al pueblo y paró frente al boliche. Bajaron un hombre y una mujer. Patricia, la nuera de don Justo, corrió a abrazarlo mientras el doctor Moldes, abogado defensor del viejo, hacía dos anuncios de viva voz y agitando unos papeles: don Justo quedaba absuelto de culpa y cargo, y los representantes legales de “La alumbrada” comunicaban que la empresa abandonaba el emprendimiento y se iba del país.
Aplausos, silbidos, vivas y un revoleo de gorras y sombreros, fueron impagables. Alguien festejó tirándole a la naciente luna un par de perdigonadas. Otros, los de mayor edad, prefirieron agradecer volcando en la tierra lo que estaban bebiendo. Todos querían felicitar a don Justo, y el turco invitó con una vuelta a sus parroquianos, noticia tan espectacular como la que diera el doctor Moldes.
Acallado el bullicio, don Elías le pidió al viejo que lo acompañara. Cruzaron la plaza, el camino, y se pararon en una saliente, especie de mirador natural con vista a la anchura del valle. El turco le pasó un brazo sobre los hombros a su viejo amigo.
—¿No le parece, don Justo —le dijo—, que el olivar está más verde?