El hijo de la loba

El niño trabaja de crío, lo que a falta de más grande empleo, o inspiración, es lo que mejor le cabe hacer. Sentado sobre una inmensa piedra blanca que algún día lo sostendrá estatua, mama de la madre el alimento olvidado en los apuros de la salida, que han sido tantos y tan dolorosos, que hasta se ha dejado atrás el pan que traía acomodado bajo el brazo y la fe de nacimiento, con lo que ahora ha de conformarse con este pan trocado en leche, y esta loba que le fuera asignada, extraño regalo de la naturaleza, que tal vez por ser también madre, se apiadó de estas crías de humano.

Y tan mal no le ha ido en suerte. A falta de dos pechos para él y su hermano, compañeros de simiente, tiene ahora siete. Siete pechos de los que mamar siete veces, siete sueños. Un pecho y un sueño por cada colina que lo mece en esta cuna de tierra dentro de la cual se revuelve hambriento.

Un resplandor se le filtra por la esquina del ojo, quizás el mismísimo sol, curioso, comedido, o tal vez, y más probable aún, el reflejo del astro rey sobre una piedra, una nube, o un sueño; que si los sueños brillan, el lugar indicado para que lo hagan es en la esquina del ojo, donde lo que vemos siempre se confunde con lo que creímos ver. De una forma u otra, natural reflejo o espíritu mensajero, el rayo perdido irrumpe en la calidez del momento, y distrae al recién nacido de su absorbente trabajo.

Los ojos del humano, eternamente grises e indefinidos en las primeras horas de la vida, se llenan a menudo del sueño del hombre que será. Y de esa forma, en los ojos de este niño que ahora detiene su labor unos momentos, se reflejan, deslumbrantes y a colores la gloria y el poder, generales que lo llevarán por un acueducto de sangre e imperio, tan lejos, tan adentro del corazón de lo imposible, que alcanzarán aquellos lugares adonde los dioses mismos no han osado entrar aún.

Si hubiera aquí algún griego disertante, o algún barbilargo estudioso del Talmud, que la Biblia aún no ha llegado a las tintas, quizás podría aprovechar la ocasión, y leyendo en sus pupilas, convertirse en oráculo, o profeta. Podría, este ficticio navegante del futuro, mostrarnos, con la visión gris de la ciencia, cómo este paraíso de árboles y tierras que el azar ha desperdigado se convertirá mañana en una ciudad invencible, enclavada en estos siete pechos que la madre tierra brinda a sus hijos.

Cuando menos, estaría en sus artes y mañas poder, con un poco de la oratoria que no falta en los que hablan de lo que no han visto, contarnos este sueño de magia divina e imperio consumado, de legión armada y de pincel etéreo, de maza de pegar y de cincel de escultor, de cuna de ley de hombres y de asiento de ley divina, permitiéndonos así viajar, acomodados en la cuadriga de sus palabras, a través de esas calles aún no labradas, visitando los magnánimos palacios colmados del arte de los pobres y la avaricia de los ricos, y abundantes, que lo serán, tanto en sangre malvertida por la guerra como en linaje señoreado en sus jardines.

Todo ello podría contarnos un diestro lector de pupilas, este supuesto guía de los futuros o intérprete personal de sueños. Pero todo eso es ficción, al menos por ahora. Y esta increíble maravilla, esta ilusión pasajera, se perderá tan sutilmente como ha sido creada, sin que se sepa mañana de donde vino, ni hacia dónde fué.

Tiempo habrá para fundaciones, aventuras y leyendas, piensa el crío, pero ahora lo importante es el trabajo, así que empuja a su hermano Remo, que quizás por eso siempre aparece segundo en la cartelera de la leyenda, y vuelve a mamar.

El hombre puede hacer todo aquello, y aún más, pero nada de lo que consiga alcanzará distinción alguna en las playas del tiempo más que de momentáneo esplendor, o sueño robado. Tanto el que vino sin pan debajo del brazo, como aquel que cuidadoso lo arrastró desde el vientre materno, se iran sin él. Y hasta la leche que roben de la tierra, a ella volverá, que nada se pierde.

II

Si hubiera cerca un italiano, que no lo hay, ya que si lo fuera en espíritu no lo seria en formas, pues tal nacionalidad aun no ha visto su primer sol, este italiano, que siempre imaginamos de modales toscos, corazón rebosante y ademanes agitados diría en una lengua ahora incomprensible algo como «¡Ma, como ha creciutto il bambino!».

Y vaya si ha crecido, observadle mientras refleja su cara en las aguas del Tíber. Quien hubiera imaginado que aquel crío, desahuciado de nacimiento, acabaría en este joven corpulento, que siembra pasos orgullosos sobre aquellos siete pechos que le sirvieron de cuna algunos párrafos antes.

Apolineo de rostro, que por algo la sangre le remonta hasta la Troya griega; de mano grande, acostumbrada a la espada y no al arado; y de mirada febril, que hasta estaría dispuesto a robarse las mujeres todas de un pueblo si la ocasión lo amerita. Y si no lo amerita también, que sus hombres tienen necesidades, y no es de buen líder andar repartiendo miserias.

En el agua se hunde su imagen, como no se hundieron sus carnes de pequeño, quizás por piedad de rudo guerrero, por casualidad humana, cualidad sensible, contrariedad escondida, o tal vez, simple vagancia, como la hay, de decir hecho al rey lo que no es, y ahorrarse los sudores.

El joven observa, serio, su cara reflejada en el espejo inundado. La superficie se agita, y la tez se tiñe del rojo de la sangre que el agua limpia de sus manos. Si un moderno esculapio observara la escena, no podría decir, siquiera con sus adelantos, si el joven esta herido, que la sangre que se limpia es de su propia sangre aunque no sea suya, sangre de su hermano, compañero de juegos y desgracias, que ahora, por un quítame de ahí esas pajas yace muerto en el suelo sagrado, regándolo, como no podía ser de otra forma, ya que si los suelos se tornan sagrados de alguna forma, es con la sangre de los hombres que por ellos han muerto. Pero no importa, ya sangraran mañana los dioses, y luego los hombres, porque la última herida, y la más profunda, siempre ha de ser la del pobre.

Así es como se construyen los imperios. Quien retorice que lo hacen sobre las voluntades, o el empeño, o los mármoles, miente. Siempre se han creado por la voluntad divina, el músculo de los esclavos y la sangre de los muertos, que es de eso, y no otra cosa, que abonan sus latifundios los generales.

III

¡Load la corona, las sedas y la piedras! Y al viejo enclenque que estas aplastan. Aquel, que ya fue joven una vez, y niño, y aun antes de eso leche de loba goteando de los pechos de la tierra.

Oscuros son sus ojos, y hundidos. Quizás por herencia de la loba, o espíritu de cuervo encumbrado sobre el busto de Palas, que tanto tiene la diosa de sabia como de guerrera.

Sin embargo, a estos ojos hoy opacos de los cuales la vida huye, aun le quedan vida para un último reflejo, un último sueño. Y todo hombre, no importa lo que haya hecho de su vida, merece un ultimo sueño.

Sueños hay muchos, y de muchas suertes, pero este hombre, este Rex, este anciano, una vez mas vera el sueño del imperio, el sueño de las glorias y las armas, el sueño de los dioses y los muertos. Y no llorará lágrimas de sangre, porque aun no estan de moda, pero con la fatiga de los años y las penas vividas él verá, por primera vez, hedionda y purulenta, la verdadera cara del imperio.

La Torre de Pisa no está torcida, torcidas están las miradas de los hombres que no ven el espíritu del Imperio morir y nacer de época en época. Porque sería pecar de inocencia suprema el pensar que por un nombre, o un lugar, el que fue no es igual que este de hoy, ni este del que será mañana. El imperio es el imperio, es el Coliseo, es la sangre en la arena, los gritos de tribuna, la muerte en boca de los leones y aquellos que lo saludan, oh Cesar, sabiendo que han de morir.

El imperio es un barco de remos, como aquellos grabados en las piedras del desierto. Es un barco de una sola vela, navegando sobre las espaldas de aquellos que lo sostienen.