Borges Bibliotecario

por Nelly Vargas Machuca

Artículo publicado en julio de 1999, en el segundo número de la revista “Presencia Federada”, órgano de la Federación de Bibliotecas Populares de la Provincia de Buenos Aires, y en el número 16 (agosto de 1999), de la Revista “Ser en la Cultura”, publicación de la Comisión de Cultura de la Mutual y Casa Universitaria de San Martín.

Rodeada de libros de Borges, sobre Borges, pienso en el Borges “bibliotecario”, porque lo fue, sin duda, en la más acabada acepción del término.

Desde 1937 hasta 1946 —período en el cual publica nada menos que Poemas y Ficciones, traduce a Faulkner, a Kafka y a Michaux, edita varias antologías en colaboración y la SADE le otorga el Gran Premio de Honor— , Borges se desempeña anónimamente como auxiliar primero en la Biblioteca Miguel Cané, de Almagro, donde otro empleado se sorprenderá alguna vez por la “notable coincidencia de nombres” entre el escritor que figura en una enciclopedia y su tímido compañero de trabajo.

Borges siempre nos lleva al libro: a los suyos y a los que le son aún más propios por amor y fidelidad: Stevenson, Whitman, Cervantes, Macedonio Fernández, Spinoza, Platón, Quevedo y tantos otros. El mundo multiforme del cual es crítico y espectador, le viene de las enciclopedias y los libros de Oriente y Occidente.

Numerosos símbolos suyos remiten a la biblioteca o a su variante condensada, la enciclopedia: la memoria infinita de Funes; la metáfora del conocimiento universal en el Aleph; el eterno presente, en Nueva Refutación del Tiempo. Imposible no pensar en el fenómeno de la lectura, que crea una ilusoria suspensión del tiempo, y en el de los libros, que actualizan todo el pasado y aun el futuro. Sus laberintos son las galerías de una virtual biblioteca (la Biblioteca Total, la Biblioteca de Babel) que, en sus infinitos recodos y abismal geografía, representa el aparente caos y el secreto orden del universo.

Ese sistema coherente y obsesivo de símbolos constituye toda una literatura, como si Borges, quien decía no haber salido nunca de la biblioteca de su padre, tuviera necesidad de fundar una nueva Biblioteca, evocando y recreando la literatura universal en su pluralidad de géneros y temas; es decir, un laberinto con puertas, corredores y posibilidades que se repiten y se renuevan incesantemente.

Amante y coleccionista de publicaciones raras, su memoria bibliográfica es sorprendente. Su conocimiento de los libros se traslada a las ediciones, a la cita bibliográfica perfecta o perfectamente apócrifa. Todos sus libros se basan en lecturas y Borges no las disimula; antes bien, las pone en evidencia con recurrentes homenajes. Y esto nos lleva a su concepción de la obra como propiedad intelectual de la humanidad; como un solo libro que se va escribiendo a través de los siglos y las generaciones por un autor plural: el espíritu humano.

Su increíble memoria le permitía también recitar poemas enteros o largos fragmentos de prosa en varios idiomas. Lo hacía para asociar activamente a su interlocutor en el placer del texto. Ya Director de la Biblioteca Nacional, en el Poema de los Dones encomia “la maestría de Dios, que con magnífica ironía”, le ha dado a la vez, como a Groussac, “los muchos libros y la sombra”. Al patetismo de la ceguera, siempre sobrepone, estoicamente, la amistosa proximidad de los libros.

Hombre de letras al fin, (“pocas cosas me han ocurrido, y muchas he leído”), puede aplicársele perfectamente lo que él dijo de Valery: “En un siglo que adora los caóticos ídolos de la sangre, de la tierra y de la pasión, prefirió siempre los lúcidos placeres del pensamiento y las secretas aventuras del orden”.

En la actualidad, los libros y artículos dedicados a estudiar su obra en todo el mundo, seguramente no cabrían en las dimensiones de aquella modesta biblioteca municipal.