Homenaje a Olga Orozco (1920-1999)

Por Guillermo Weigel

“Mis amigos me temen porque creen que adivino el porvenir. A veces me visitan gentes que no conozco y que me reconocen de otra vida anterior. ¿Qué más puedo decir? Que soy rica, rica con la riqueza del carbón dispuesto a arder.”


Calificar o valorar la obra de un creador, intentar atrapar en palabras o conceptos algo que escapa a cualquier consenso, es una tarea condenada a morir en la propia tentativa, cuando no una caprichosa aproximación a las intenciones del gestor. Como medir lo inmensurable, como normar aquello concebido para burlar las referencias o para transgredir cualquier pacto con lo ilusoriamente tangible.


Mucho se ha dicho sobre Olga Orozco después de su muerte, poco queda por decir sobre ella y sus fantasmas que no esté cifrado en sus versos. Los mismos que hoy poseen el valor precioso que da una obra cerrada y estática en sus formas, aunque mutable, dinámica, siempre salvaje ante el espectro inacabado de sus múltiples interpretaciones.
“…del alcance de la piedra, que no llega a desgarrar velos, a derribar paredes, a transformar la realidad, revelando lo inmanente y lo no manifestado: primera, permanente y última tragedia de cualquier auténtico creador. Paso a paso se advierte que no es posible salvar la distancia que media entre el deseo y el objeto del deseo, que se está al asedio de un mundo presentido solamente por signos, apuntando a un temblor en la maleza, y que el lenguaje, única arma de que se dispone como medio de conocimiento, es deficiente, inerme y hasta falaz. Cada conquista es, inclusive, una medida de la inepcia, porque, paradójicamente, es una muestra remota de esa tentativa vana, de esa lucha impotente por acceder a zonas que siempre se sustraen, se escabullen, se deslizan bajo los pies. Cada logro es una respuesta polvorienta, un puñado de cenizas que eran fosforescentes cuando se daban no dándose, cuando se mostraban encubriéndose.”
Se sabe que murió el 15 de agosto, a pocos minutos de las 21. Tenía 79 años y una afección circulatoria que la obligó a estar postrada en una cama del Sanatorio Anchorena los últimos dos meses de su vida. Había nacido en Toay, un pueblito de La Pampa, el 17 de marzo de 1920: “…un lugar de médanos andariegos, de cardos errantes, de mendigas con collares de abalorios, de profetas viajeros y casas que desatan sus amarras y se dejan llevar, a la deriva, por un viento insensato.”
Fue estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, además de aficionada al Tarot y a la astrología. Entre otras cosas, trabajó durante mucho tiempo en “Clarín” redactando el horóscopo y también actuó en radio gracias a su voz pausada, poderosa y seductora. Entrañable amiga de los poetas Alberto Girri, Enrique Molina, Oliverio Girondo y Alejandra Pizarnik, entre muchos otros, supo hacer de su poesía una literatura inclasificable y de una originalidad extrema. No se conoce que haya formado parte de ningún grupo o revista, a excepción de colaboraciones que firmaba con distintos seudónimos.
“Me alimenté con triángulos rectángulos, bebí estoicamente el aceite de las invasiones inglesas, devoré animales mitológicos y me bañé varias veces en el mismo río. Esta última obstinación me lanzó a una fe sin fronteras. En cualquier momento en que la contemple ahora, esta fe flota, como un luminoso precipitado en suspensión, en todos los vasos comunicantes con que brindo por ti, por nosotros y por ellos, que son la trinidad de cualquier persona, inclusive de la primera del singular.”
Publicó “Desde lejos”(1946), “Las muertes”(1952), “Los juegos peligrosos”(1962), “Museo Salvaje”(1974), “Cantos a Berenice”(1977), “Mutaciones de la realidad”(1979), “La noche a la deriva”(1984), “En el revés del cielo”(1987), “Con esta boca, en este mundo”(1994), un vasto universo lírico donde la poesía se manifiesta como rebelión de las vísceras y como revelación de “ese mundo invisible que nos trasciende”. También publicó “La oscuridad es otro sol”(1962) y “También la luz es un abismo”(1995); ambos textos, escritos en prosa, no escapan al universo poético de Olga Orozco y recrean una versión onírica de su particular cosmovisión.
Por muchos críticos e intelectuales considerada entre los poetas más importantes de habla hispana de este siglo, Olga Orozco supo cosechar en vida, el reconocimiento que su muerte ennoblece.
“…padezco de paredes agrietadas, de árbol abatido, de perro muerto, de procesión de antorchas y hasta de flor que crece en el patíbulo. Pero mi peste pertinaz es la palabra. Me punza, me retuerce, me inflama, me desangra, me aniquila. Es inútil que intente fijarla como a un insecto aleteante en el papel. ¡Ay, el papel! “Blanca mujer que lee en el pensamiento” sin acertar jamás. ¡Ah la vocación obstinada, tenaz, obsesiva como el espejo, que siempre dice “fin”! Cinco libros impresos y dos por revelar, junto con una pieza de teatro que no llega a ser tal, testimonian mi derrota.”
Olga logró trascender su propio ser sensible, sugiriéndonos que nuestra alma no es independiente, sino parte de algo omniabarcativo y absoluto; por lo tanto no existe el ente individual ni la obra personal. Para la escritora somos parte del Uno y a la vez, medio de todo aquello que nos ronda en búsqueda de poder manifestarse, como esa posibilidad latente de explosión que es aún más poderosa que la misma explosión. Después de todo, la poeta pudo culminar con grandeza esta especie de exilio en la carne y continuar el viaje hasta su verdad más genuina, original y eterna.