La mesa del taller

por Nelly Vargas Machuca

La mesa del taller fue antes durmiente de ferrocarril, y antes, quebracho rojo y erguido. De su pasado ferroviario le queda una pasión de viajes que la va despegando del cuarto, de la casa, de la calle y del barrio. Terrestre y aventurera, la mesa explora cualquier horizonte, levanta pasajeros en los andenes menos pensados y los desciende en las terminales más extraviadas, adonde el tiempo es un peregrino que merodea en los relojes, a veces hacia adelante, a veces hacia atrás.

De su pasado arbóreo conserva un candor de pájaros, una hondura crepuscular y una bellísima fronda que así aparece como desaparece, al arbitrio del alma y no de las estaciones.

La mesa del taller tiene manchas de café, de mate y de tinta, cicatrices de puchos, huellas de dedos y de uñas. Sus hijos naturales, ya se sabe, son los papeles, escritos, tachados o borroneados en sinérgica explosión; carpetas impolutas, definitivas, y carpetas en desorden, como aquejadas de una fiebre estacional.

Por supuesto, la mesa se lleva muy bien con los libros, y por eso los atrae, los goza y los padece con entusiasmo. Se sabe de memoria algunos -ya los tiene grabados en su madera -, y desmenuza otros, cuidadosamente, hasta que logra incorporarlos (u olvidarlos, casi nunca para siempre).

La mesa pertenece a un ámbito, el taller, adonde los autores viven, adonde los autores nacen y se van haciendo.

El taller apaga los sonidos del mundo en los silencios de la creación y despierta voces que se ahogaban escondidas.

Esas voces ahora hablan, cuentan o cantan.

 

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